martes, 11 de junio de 2013

Quien susurra a los susurrantes.

-Ser o no ser: he ahí la cuestión.
-Ser.
Hamlet miró sorprendido y fue. Y se fue.
El hombre que estaba sobre el escenario miró mosqueado al autor, escondido una vez más detrás de él, y
dijo:
-¿Quieres dejar de vacilar a los personajes? Aunque les infundas falsas ideas siempre vuelven, perdidos, vacilantes, sin saber qué hacer ni decir. ¡No doy a basto!
El hombre sonrió levemente. Se miraron fijamente.
Laurence Olivier como Hamlet
-Quizás tú creas que tu ideas son tuyas. Pero, quizá, alguien, escondido, te las susurre al oído. -Respondió el autor.
-¿Y a ti? ¿Quién susurra tus pensamientos? ¿Crees que eres él autor? ¿Que te diste forma a ti mismo? Tal vez solo seas la proyección de los pensamientos de tus personajes. O ni eso. Una fantasía, una ilusión. ¿Y si estoy loco y no eres más que una alucinación...?
-¡Cómo te atreves! ¿Quién eres tú para osar decir eso?- exigió el autor.
-¿Yo? Yo soy el que susurra las palabras al oído, aquel a quien todos miran cuando no saben que decir, la última esperanza antes del fracaso, soy la respuesta a las miradas de súplica... Yo soy el Apuntador.
-¿El apuntador? Sólo eres un instrumento de mi obra
El apuntador miró a Hamlet, que volvía perdido y vacilante. Se sentó sobre el escenario, bajo el foco, dispuesto a ensayar su papel. El apuntador susurró desde su rincón. Hamlet declamó:
-Ser o no ser. Ya no hay cuestión.
Y Hamlet abandonó el escenario una vez más.
-¡Maldito! Qué has hecho con mi obra! No tienes derecho. Tú no eres nada, nadie.- Rojo de cólera, el autor se fue aproximando al apuntador mientras gritaba. Alzó los brazos y extendió las manos hacia el cuello de su nuevo némesis. Mientras Hamlet, con la mirada extraviada, volvía a aparecer en escena, el apuntador susurró algo. El príncipe danés desenvainó y de una certera y rápida estocada atavesó al autor.
-Muere, Claudio! -Exclamó Hamlet. El autor se desplomó, incrédulo, moviendo la boca como si pudiese reescribir lo que estaba pasando. Entraron todos los actores en escena. Perdidos, cabizbajos unos, mirando desorientados hacia todas partes otros, se pararon todos frente al apuntador.
-Miradme todos- dijo- miradme porque yo soy ahora vuestra palabra y vuestro gesto. Obedecedme, pues soy El Apuntador.

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